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Violencia Invisible: Nuestra Belleza y los certámenes que ya no serán.

Abril Flores Rojo [1]

Entre las discusiones que interesaron el año pasado tanto en recintos legislativos como en webinarios, podcasts y ‘en vivos’, se encontraron las de eliminar los certámenes de belleza que hacían celebrar a más de una persona la corona que en el 91 habría de usar por primera ocasión la representante de México, dirigiendo los debates a varias posturas que muchas veces esquivaron las preguntas: ¿Los concursos de belleza se traducen en violencia?, de ser así ¿Cómo es que violentan? y, por último ¿Qué nos significa su ilegalidad?

Esas ambiciosas preguntas resurgen a la luz del dictamen recientemente aprobado de forma apabullante por la Cámara de Diputados el pasado 3 de febrero de 2021 (444 votos a favor, 2 en contra y 7 abstenciones) en el que se reforma la Ley General de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (en adelante LGAMVLV) para incorporar como dos tipos de violencia[2] la mediática y la simbólica, en el caso de la segunda, se incluyen los concursos que evalúen la apariencia física de mujeres, adolescentes y niñas.

Es importante recordar que nos costó la primera mitad del siglo XIX para trascender la concepción de violencia de género[3] a una que no implicara una agresión física y fue a inicios del siglo XX donde estaríamos en posibilidad de la separación categórica de la violencia física y de la inicialmente nombrada como moral, tomando en cuenta que esta última se encuentra en una continua fragmentación por su llamada “invisibilidad” (Segato, 2003, 108-109), por sus sutiles mutaciones en el espectro espacio-tiempo y en mérito de otras variables de desigualdad y opresión (Cobo, 2014, 8); sin embargo, es en la clasificación adoptada por Rita Laura Segato como moral donde se inserta aquella que habría de modificar el imperio de Nuestra Belleza México: la simbólica.

Para su comprensión, vale la pena retomar que los estudios de género la han puesto a escrutinio constante cuando se cuestionan los roles y expectativas que se subsumen al lugar que las mujeres[4]deben” ocupar en la(s) sociedad(es), aunque su inmaterialidad no haya permitido que se nombre en cada ocasión pese a su asimilación en las dinámicas cotidianas, pues tiende a diseminarse e infiltrarse con una mecánica incluso jerárquica en las relaciones que alimentan un estatus intrínsecamente patriarcal que, además, propone similitudes en América Latina como es el caso del menosprecio estético (Segato, 2003, 114-116), encuadrando este último en un vórtice de exigencias en la apariencia física de las mujeres que capitaliza los cuerpos femeninos para galardonar la semejanza a una idea occidentalizada y preestablecida de lo que una élite determinó como bello, como correcto, como EL estándar.

De igual forma, Bourdieu (2000, 49-59) también se vale de la invisibilidad de esta categoría de violencia para describirla y, asimismo, la inserta en una necesaria dinámica de poder explicando “…en la dominación masculina, y en la manera como se ha impuesto y soportado, el mejor ejemplo de aquella sumisión paradójica, consecuencia de lo que llamo la violencia simbólica, violencia amortiguada, insensible, e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento o, más exactamente, del desconocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento. Esta relación social extraordinariamente común ofrece por tanto una ocasión privilegiada de entender la lógica de la dominación ejercida en nombre de un principio simbólico conocido y admitido tanto por el dominador como por el dominado, un idioma (o una manera de modularlo), un estilo de vida (o una manera de pensar, de hablar o de comportarse) …”.

Dado lo anterior, podemos vislumbrar a la violencia simbólica como una que se encaja en toda la información que consumimos y que alimenta de forma casi automática la escala donde debe colocarse a las mujeres, generalmente no se cuestiona y esto, es lo más peligroso, pues refuerza sin vacilar el rol de sumisión que se ha de adoptar. Además, suele tener dimensiones un tanto sutiles como los maniquíes únicamente femeninos en el área de electrodomésticos de una tienda departamental o el tratamiento exageradamente benévolo que algunos personajes femeninos reciben después de pasar por un “extremo” makeover en la comedia romántica de su preferencia.

Identificar esos patrones y las consecuencias que generan llevó a la actual legislatura a discutir su inclusión en la LGAMVLV definiéndola como “la expresión, emisión o difusión por cualquier medio, ya sea en el ámbito público o privado, de discursos, mensajes, patrones estereotipados, signos, valores icónicos e ideas que transmiten, reproducen, justifican o naturalizan la subordinación, desigualdad, discriminación y violencia contra las mujeres en la sociedad” y, según el comunicado oficial de la Cámara de Diputados se considerará violencia simbólica a “los concursos, certámenes, elecciones, competencias y cualquier otro tipo de eventos que promuevan estereotipos de género y, con base en los mismos, evalúen de forma integral o parcial la apariencia física de mujeres, niñas y adolescentes”, en dicha comunicación se informa que las instituciones de carácter público tendrán prohibido asignar recurso alguno, subsidio, apoyo de carácter económico o cualquier tipo de publicidad en torno a este tipo de eventos (Diputados, 2021). Cabe decir que este tipo de violencia ya se encontraba en la Ley de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia de la Ciudad de México y su incorporación en la Ley General no es más que congruente, no obstante, la especificación de los certámenes resulta novedoso e indiscutiblemente ha conflictuado a quienes se benefician de aquella industria, incluyendo a las personas consumidoras.

Sumado a lo anterior, la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW) firmada y ratificada por México en el 81, en su artículo 5, inciso a, refiere la obligación de los Estados Parte de tomar todas las medidas apropiadas que modifiquen los patrones socioculturales de conducta con miras a eliminar toda clase de prejuicios y prácticas basados en funciones estereotipadas de hombres y mujeres. También el artículo 6, inciso b, de la Convención de Bélem Do Para, ratificada por el Estado mexicano en el 98, establece que las mujeres tienen derecho a ser valoradas y estar en ambientes libres de patrones estereotipados de comportamiento y prácticas sociales o culturales basadas en conceptos de inferioridad o subordinación. En conjunto, las anteriores normativas pudieron haberse inferido para poner límites a los eventos tan celebrados que dan calificación y valores a los cuerpos de las mujeres, más aún límite al dinero público otorgado para promover esas actividades.

Hasta este punto se ha expuesto cómo es que la violencia simbólica aparece de forma sistemática y sutil reforzando relaciones de dominación, así como que los concursos que provocan evaluar estándares de belleza no tienen lugar en sociedades que, a la par que ganan certámenes universales de presentan síntomas de violencias invisibles o morales como, en palabras de Rita Segato menosprecio estético traducido en humillaciones en la apariencia física. Sin embargo, ¿de qué sirve incluirlo en una Ley General?

El último cuestionamiento de esta entrada propone un debate mucho más profundo que la sola intención de migrar Nuestra Belleza México y similares a Huston, pues supone la discusión de la tensión que debería existir todo el tiempo entre las leyes y el sistema, en el entendido que no son las primeras las que por sí mismas van a lograr la erradicación de la violencia contra las mujeres, no obstante, la aparición y permanencia de la norma se podrían convertir en una aspiración ética –pivote de un movimiento transformador-, la aquí multicitada autora Rita Segato llama a esto “la eficacia simbólica del derecho” que presenta un potencial de persuadir a la sociedad en medida en que la norma logre representarla, pero siempre apuntando a diluir convicciones enraizadas en la discriminación o prejuicios más que sólo detener esas prácticas (ibidem 123-127). Es decir, la inclusión de este tipo de violencia abre la puerta a un debate que nos acechará en medida del capital que impulse su oposición, es decir, por un largo tiempo aún; sin embargo, ver una mayoría legislativa de ese calibre y debates de sobremesa en torno al tema resulta mucho más propositivo para ir desenmascarando las distintas capas invisibles e inmateriales que avasallan nuestro día a día detrás de un ícono, un meme, un mensaje o una corona sobre aquella persona que “venció” al citado menosprecio estético.

Resta decir que en el espectro de la libertad que queda asignada a las mujeres en el orden patriarcal, la posibilidad de navegar en ella se limita a nuestra agencia, a la autonomía de nuestros cuerpos que, idealmente no se regirían por ese orden y en ese supuesto nadie pondría una calificación a nuestras medidas o a la simetría de nuestro rostro; pero hasta ahora se puede celebrar que se reconozca una realidad a la que se quiere ir: la de las niñas con otros referentes, las adolescentes sin dietas y las mujeres sin una vida plagada de símbolos que violentan.

 

 


[1]Licenciada en Derecho por la UNAM, Maestra en Derechos Humanos por la Universidad Iberoamericana y maestrante en Master in Science on Gender Studies, University of Stirling, UK.

[2] La Ley General de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia establece tipos y modalidades de violencia, por tipos se entienden las formas en que se está perpetrando la violencia y por modalidades los espacios o ámbitos donde se violenta.

[3] De acuerdo con el desarrollo jurisprudencial de la Corte IDH y el trabajo de estándares en derechos humanos llevado a cabo bajo el mandato de la CIDH se han desarrollado de manera indistinta conceptos como los de “violencia de género” y “violencia contra las mujeres”, sin embargo, este último pone de frente a la víctima, es decir, hace hincapié en que son las mujeres quienes tienen ese carácter y, por su parte, el primer concepto expone la existencia de estructuras simbólicas que tienden a justificar y naturalizar la violencia no sólo hacia las mujeres.

[4]Se utiliza el plural ‘mujeres’ en aras de incluir la diversidad que abraza su significado.

 


Bibliografía