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Violencia contra las mujeres y niñas en contexto del Covid-19

Por Alejandra Rodríguez Petrova

 

La aparición extraordinaria de la pandemia coronavirus (Covid-19) en el mundo nos presenta una serie de retos complicados de afrontar como sociedad: Cambios de hábitos de convivencia, higiene, movilidad, formas de trabajar y comunicarnos, todo se transformó repentinamente.

Además, cada actualización de las noticias sobre el número de contagios, el número de decesos, la falta de equipo médico, etc. sin duda genera mayor estrés al persistente en nuestra cotidaniedad. Por más al margen que intentemos mantenernos de tabloides alarmantes tenemos, inevitablemente, una preocupación por nuestra salud, seguridad, economía y la de nuestras personas significativas.

El confinamiento que nos recomiendan algunas autoridades y campañas mediáticas como #quédateencasa y #sanadistancia representa un reto desconocido para algunas personas. La gran mayoría no acostumbramos a estar en casa sin salir, incluso los fines de semana los usamos para llevar a cabo actividades recreativas o visitar familiares.

Quedarse en casa, para las personas que tenemos la oportunidad u obligación de hacerlo, es extraño, incluso puede llegar a ser molesto. En mi caso, me enfrenta con inusuales o ignoradas/negadas fases de mí misma: de pronto aburrida, tensa, irritable o, en otro extremo, hiperactiva, con creatividad desbordada y sin saber bien cómo canalizarla. Un auténtico ejercicio de autoconocimiento forzado.

Por otro lado, la gente que habitualmente se queda en casa, tampoco está acostumbrada a la compañía fija de los que normalmente se van en la mañana y llegan en la noche. El hacinamiento se descubre, unas veces real, en el caso de familias numerosas, en otras percibido, cuando no se está acostumbrado a ver a toda esa gente, todo el tiempo. Las rutinas de las familias están trastocadas y eso, juntado con los nervios que la pandemia, aumenta las tensiones y da no siempre resultados positivos.

Por otro lado, las parejas, que apenas se conocían y que se veían un par de horas en la noche y por la mañana, ahora están provisionalmente confinadas en un espacio veinticuatro horas al día. Autoconociéndose y conociendo también las fases (no siempre agradables) del otro, en un ambiente de inevitable estrés. No dudo que las peleas, en parejas normalmente pacíficas se hagan presentes.

En este momento, mi memoria me trae presente otro lugar donde yo viví y donde una vecina y su hijo sufrían violencia por parte de su esposo. Los gritos y golpes constantemente nos despertaban  a los vecinos y a mí, a todas horas y principalmente cuando el equipo de futbol al que el señor era aficionado perdía. Muchas veces llamé a la policía para solicitar que les ayudaran, muchas más escuché a vecinos y policías decir que son cosas domésticas en las que “no se debe uno meter” o, incluso, que ella quiere o “le gusta” vivir así.

Esta experiencia me lleva preguntarme, ¿Cómo será esta situación de “quédate en casa” para ellos y las demás víctimas de violencia? ¿Qué sucede con las mujeres, niñas y niños quienes, al menos mientras el agresor se iba a trabajar, tenían un “respiro”?

La Organización de las Naciones Unidas y otras organizaciones de la sociedad civil ya han confirmado lo que es fácil suponer, la pandemia y sus efectos aumentan la posibilidad de que mujeres sufran violencia física, psicológica o sexual. Asimismo, la potencial afectación a su autonomía económica interfiere con la posibilidad o planes de escape y de trasladarse a lugares más seguros.

También, niñas y niños, personas de la tercera edad o con discapacidad se encuentran también vulnerables y expuestos a sufrir violencia.

El acceso a la justicia de igual forma se ve obstaculizado, muchas oficinas gubernamentales, juzgados y tribunales cerraron. Al mismo tiempo, se entorpece la posibilidad de acudir a las fiscalías a denunciar por la movilidad limitada y las fuerzas de seguridad tienen otras prioridades de protección.

Ante este contexto, en que el peligro se encuentra potenciado, es necesario poner especial atención en la violencia contra mujeres y personas en situación de vulnerabilidad en el hogar:

  • Si conocemos a alguien que sospechamos sufre o se encuentra en peligro de sufrir violencia en su familia, estemos pendientes, llamemos y hagamos saber que estamos disponibles para apoyar.
  • Si alguien, víctima de violencia, pide nuestra ayuda, démosla. Puede ser la última oportunidad que tenga.
  • Llamemos a la policía cuantas veces sea necesario para que intervengan en casos de violencia y protejan a las víctimas, es su obligación.

En cuanto a los deberes del Estado, es necesario enfatizar que, aunque exista una emergencia sanitaria, las obligaciones respecto a la prevención, atención y erradicación de la violencia contra las mujeres no se suspenden:

  • Es primordial que existan líneas de atención disponibles para que las mujeres víctimas de violencia accedan a consejería psicológica y atención legal.
  • Las fiscalías deben atender e investigar la violencia doméstica que las mujeres acudan a denunciar.
  • Es inaceptable que alguna autoridad niegue la atención por que nos encontramos en contingencia.
  • Asimismo, la disponibilidad de albergues o casas de medio camino no debe ser suspendida sino continuar con las debidas medidas higiénicas.

Pongamos luz, ahora más que nunca, en la violencia contra las mujeres.

Nota. Escribo desde mi experiencia personal, si generalizo lo hago con las reservas pertinentes, con plena conciencia de que “no todas las personas” vivimos o pensamos lo mismo.