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Mujeres adultas mayores: violencia y discriminación

Arce Posadas Sandra Odaliz

Hasta hace unas décadas, el problema de la violencia en la familia no era objeto de interés público, se mantenía en privado y aquellos que la vivían padecían sus secuelas sin la posibilidad de recibir ningún tipo de atención tampoco preocupaba a los servicios de salud, asistencia social, o ámbito legal.

A principios de los noventa que se empezaron a estudiar en nuestro país las diferentes formas de expresión de la violencia familiar en cada uno de sus miembros. Los movimientos sociales han visibilizado a esta modalidad de violencia como un grave problema que afecta a la sociedad en su conjunto, y que impacta de manera particular sobre las mujeres.

La violencia familiar es un acto de poder u omisión intencional, dirigido a dominar, someter, controlar o agredir física, verbal, psicoemocional o sexualmente a cualquier integrante de la familia (Velásquez, 2020).

Actualmente, los casos de violencia familiar en nuestro país han ido en aumento y sobre todo recae en las personas en condición de mayor vulnerabilidad, sin embargo, la violencia en contra de la mujer es mucho mayor con respecto a la que se ejerce contra el hombre en este espacio.

Pese a que las mujeres son el grupo de población más susceptible a vivir violencia en el hogar, lo cierto es que, existen ciertos factores que aumentan el riesgo de ser víctimas, por ejemplo, la edad, la raza, la condición socioeconómica, sus preferencias sexuales, entre otros. 

En este sentido, uno de los grupos de mujeres más vulnerables son las adultas mayores, quienes suelen estar invisibilizadas en la problemática global que aqueja a las mujeres en sus hogares. 

Por adultas mayores se entiende las personas “que cuenten con sesenta años o más de edad” (Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores, 2014). Este grupo etario de mujeres se encuentra en mayo riesgo debido a que, las mujeres, al envejecer, sufren una pérdida de estatus debido a situaciones como la jubilación, la dependencia económica o la pérdida de empleo, la reducción de redes sociales, la pérdida de amistades o pareja, así como por la reducción de los limitados recursos que tuvieron alguna vez en la vida. Esta situación es vista por quienes rodean a la persona envejecida como una señal de vulnerabilidad, lo cual puede implicar un mayor riesgo de sufrir múltiples formas de violencia (Frías, 2016).

Los problemas principales a los que se enfrentan las adultas mayores son mala nutrición, falta de atención de algunas enfermedades, enfermedades de transmisión sexual, violencia, problemas psicológicos no tratados, trabajos de múltiples jornadas, entre otros, que cobran un alto precio durante esta etapa de la vida. Esa cantidad de años se acompaña de más morbilidades y, sin embargo, tienen menos acceso a atención en salud. Esto se debe a los ingresos precarios de las ancianas, porque no cuentan con previsión social o bien porque sus trabajos no han sido preponderantemente remunerados.

Si bien los varones de edad corren el mismo riesgo de sufrir malos tratos que las mujeres, en algunas culturas en las que las mujeres tienen una condición social inferior, las mujeres de edad tienen mayor riesgo de negligencia y abuso económico (como apoderarse de sus propiedades) cuando enviudan. Además, las mujeres tienen un mayor riesgo de sufrir formas más persistentes y graves de maltrato y lesiones (OMS, 2020).

La violencia contra las mujeres mayores de 60 años, son actos u omisiones que producen daño “intencionado o no” que ocurre en el medio familiar, comunitario o institucional, que vulnere o ponga en peligro su integridad física, psíquica, sexual o económica, su principio de autonomía o cualquier un derecho fundamental.

Por lo anterior, la violencia que sufre las mujeres mayores de 60 años es acumulada, es decir, se suman o acumulan diferentes condiciones que desencadenan diferentes tipos de violencia.

De acuerdo con el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM) de las 112,336,528 personas que conforman el total de la población en México, 10,055,379 personas tienen 60 años y más, esto es, el 6.3% de la población, de la cual el 2.9% son hombres y 3.4% son mujeres. Asimismo, la entidad federativa con mayor proporción de adultas mayores es la Ciudad de México con el 11.3% (Frías, 2016).

Una problemática que afecta desproporcionadamente a las mujeres adultas mayores en México es la situación de vulnerabilidad asociada con la dependencia económica de las mujeres. Los datos de la Encuesta Nacional de Salud y Envejecimiento en México 2001 muestran que sólo 23% de los hombres y 11% de las mujeres que trabajaron alguna vez fuera del hogar reciben una pensión (Frías, 2016).  

La falta de pensiones y de acceso a seguridad social, limita el correcto y adecuado “estado de bienestar” pues la falta de recursos económicos influye en la compra de productos de la canasta básica, medicamentos e insumos de higiene, situación que limita su independencia  y las expone  a sufrir diferentes tipos de violencia.

Entre las formas en las que se expresa la violencia en mujeres adultas mayores se encuentran: la negación de alimentos suficientes y adecuados; la negación de recursos económica o manejo de su dinero; la violencia patrimonial; la falta de atención médica oportuna y medicamentos; el encierro; las agresiones verbales; las amenazas de abandono y la recriminación.

En la siguiente tabla se muestran los datos sobre los distintos de violencia de las que son objeto las mujeres mexicanas con 60 años, así como las personas que ejercen en mayor proporción dicha violencia. Al respecto, es notable que tipo de violencia más frecuente es la económica la ejercen los sujetos dentro de su vínculo familiar o cercano.

Por su parte la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH 2011), señala que el 60.7% de las mujeres de sesenta años y más manifiestan que sus familiares les dejan de hablar; al 50.2% las abandonan y al 21.22% las hacen sentir como un estorbo.

Si bien esta encuesta busca medir las dinámicas familiares, es importante señalar que omite las experiencias de las mujeres adultas mayores al centrarse en la dinámica de pareja y dinámica familiar. Por lo tanto, es muy probable que la prevalencia reportada en esta investigación refleje sólo una parte de la problemática, es decir, existen otros tipos de violencia que no se ven reflejados.

La poca visibilidad de las adultas mayores y de su situación se traduce en limitadas leyes y políticas que garanticen sus derechos humanos. Si bien existe en México la Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores la cual establece las obligaciones de la familia y su función social para con las y los adultos mayores, esta Ley no reconoce las diferentes vulnerabilidad existentes entre hombres y mujeres en nuestra sociedad, esto es, no se atienden al efecto de las desigualdades de género a lo largo de la vida  que se agrava con la vejez.

El Estado debe considerar el cambio en la población mexicana que comienza a envejecer y redireccionar sus leyes, instituciones y políticas en la atención de su población y las necesidades que las generaciones de hoy tendremos mañana. 

La vejez está estigmatizada y olvidada, las mujeres en particular,  viven el envejecimiento de distinta forma, que suele ser el resultado de una distribución injusta de recursos, malos tratos, abandono y restricción del acceso a servicios básicos.

En suma, el maltrato a las mujeres de la tercera edad constituye hoy en día un grave problema social, el cual se empieza a reconocer y ha estado durante siglos invisible. La violencia a la que se enfrentan las mujeres mayores de 60 años es importante, se debe buscar la construcción de políticas públicas que garanticen que todas las mujeres al envejecer contarán con la máxima calidad de vida y lo principal, gozar y ejercer en plenitud los derechos que les corresponden. 

Para ello, se requiere promover el empoderamiento de las mujeres en todas las edades, condiciones económicas, niveles educativos, evitando todos los tipos de discriminación, con la finalidad de que las brechas de género se vayan difuminando a lo largo de la vida de las mujeres y no acrecentado como hasta ahora. 

Se requiere lograr un cambio en la desvalorización social de la vejez, por el contrario, resignificar a las personas mayores en nuestra sociedad, comprendiendo y atendiendo las diferencias que existen en una mujer y un hombre durante su vejez. 

 

 


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