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Marchar como mujeres, defensoras de derechos humanos y comunicadoras

Foto:  Karina Álvarez Medrano.


Fuente: Animal Político

Por:  Marisol Tarriba Martínez López

El pasado domingo 8 de marzo las mujeres de la CMDPDH participamos en un evento histórico: la marcha más grande de mujeres que haya visto México. Ser parte de una convocatoria de estas magnitudes erizó la piel de muchas conforme nos reuníamos en la Plaza de la República bajo el abrazador sol de las 2 de la tarde. Llegar a este momento nos ha tomado la vida entera, porque cobrar conciencia de ser mujer y lo que esto implica en un mundo como el nuestro y, más particularmente, en México, no es fácil. Hablamos de un proceso que comenzó hace años y que nos ha costado varios corajes, varias lágrimas y mucha incomprensión sobre la realidad que nos envuelve por el hecho de haber nacido mujeres.

Sin embargo, es un gusto para nosotras ser parte de una organización donde la mayoría somos mujeres y, por lo tanto, podemos compartir con frecuencia nuestro sentir cotidiano respecto a las violencias que vivimos: desde el mansplaining en diversos contextos laborales, hasta la violencia que podemos vivir en relaciones personales con hombres cercanos, pasando por el acoso callejero, la discriminación y el miedo de salir a la calle y poder gozar de una vida libre y digna. Sin olvidar la violencia contra mujeres que envuelve una enorme parte de los casos de violaciones a derechos humanos que litigamos, investigamos y denunciamos diariamente. Es por esto que queremos compartirles hoy, desde el área de comunicación de la CMDPDH, por qué salimos a marchar este 8M, y cómo mediante nuestra labor exigimos un alto a la violencia estructural contra las mujeres.

El pasado 18 de octubre de 2019 asistimos a un acto no consumado de disculpa pública por parte de la Secretaría de Gobernación a las tres hermanas González Pérez y su madre. En 1994, las hermanas Ana, Beatriz, y Celia González Pérez y su madre Delia Pérez fueron detenidas arbitrariamente durante 2 horas por miembros de SEDENA en Chiapas. En este corto tiempo, los militares torturaron sexualmente a Ana, Beatriz y Celia, quien era menor de edad al momento de los hechos. Su madre tuvo que presenciar estas violaciones tumultuarias. Debido a la complicidad y negligencia del Estado mexicano para investigar lo sucedido y castigar a los responsables, el caso llegó hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, quien declaró al Estado mexicano como responsable de la violación de los derechos humanos de las hermanas y su madre. 25 años después de esta atrocidad, no sólo no ha habido justicia, sino que la institución directamente responsable de las violencias –SEDENA– no estuvo presente en el acto de disculpa pública. Esto desató una indignación y dolor profundos en la familia González Pérez, y en todas las personas que hemos estado cerca de este caso.

Desafortunadamente, la historia de las hermanas González no es un caso aislado. Es un caso representativo de cómo la violación de mujeres se utiliza desde las mismas instituciones de “seguridad” como un arma de represión, intimidación y fabricación de culpables, entre otros fines. A esta violencia se suma otra también muy grave: el encubrimiento desde el Estado de las instituciones que permiten que estas violencias sucedan en completa impunidad. Y no sólo eso: es un encubrimiento que trasciende sexenios, pues en 2019 el Ejército no fue capaz de dar la cara y de disculparse ante las hermanas por un crimen ocurrido en 1994, con lo cual se perpetúa el agravio a una familia indígena que, además de la marginación, la pobreza y la violencia sexual, ha tenido que enfrentar la complicidad machista del Estado. Como mujeres y defensoras, nos indigna hasta los huesos imaginarnos lo que ha vivido esta familia, y pensar en cuántas décadas pueden pasar sin que haya justicia ante un crimen tan documentado y evidente, incluso reconocido por la actual administración.

Otro caso representativo de la violencia estructural contra mujeres es el de Verónica Razo Casales, quien en 2011 fue torturada sexualmente por miembros de la Policía Federal para declararse culpable de un crimen que no cometió. Verónica sigue presa 9 años después. Además de haber sido privada de su derecho a vivir en libertad y cerca de su familia, debe cargar con el peso de saber que, aunque fue torturada sexualmente por policías, es ella quien está presa y no sus violadores (¡quienes nos deberían de proteger!). Podemos continuar hablando de los casos de feminicidio en los cuales las mismas procuradurías de justicia de distintas partes del país han sido omisas en investigar y llevar a la justicia a los verdaderos responsables, mientras responsabilizan a las víctimas de lo que les sucedió, o siembran evidencia, o se tardan tanto tiempo en avanzar las investigaciones que impiden toda posibilidad de sentencias condenatorias. Tenemos como ejemplos el caso de Benazir Chavolla Ruiz, o de Nadia Muciño, o de Paloma Escobar Ledezma, por mencionar algunos casos de los miles que conocemos y que siguen sucediendo mientras escribimos este texto. Más recientemente, hemos recibido testimonios de abusos sexuales a mujeres migrantes dentro de estaciones migratorias por parte de elementos de la Guardia Nacional, otra cara de la violencia contra mujeres que permanece en la invisibilidad y al amparo de la xenofobia.

Acorde con el porcentaje total de la CMDPDH, 2/3 partes del área de comunicación somos mujeres. Nuestra labor consiste en generar mensajes y materiales que puedan reflejar los temas y casos que llevamos, con el fin de detonar procesos de toma de conciencia, empatía y activación respecto a la crisis de derechos humanos que vive México. Desde la conceptualización, el diseño, la edición y la difusión de los materiales, intentamos apegarnos a las voces de las víctimas de la violencia, integrar información del contexto estructural, y traducir la información a un lenguaje accesible y eficaz. El diseño de cada postal, infografía y video implica un conocimiento amplio de los casos, de las personas afectadas y del contexto. El proceso para generar estrategias de comunicación también es uno de reflexión interna y de confrontación a temáticas que nos afectan, sensibilizan e impregnan de motivación para seguir. Cada caso que visibilizamos conlleva un compromiso profundo, porque es lo que le da sentido a este camino que emprendimos.

En lo que va del 2020 hemos desarrollado diversos materiales para sensibilizar sobre la violencia contra mujeres que les invitamos a conocer en nuestras redes y sitio web. Además del corazón puesto en cada material, intentamos recabar los comentarios que recibimos en redes sociales para mejorar nuestra labor, abrir mejores vías de diálogo, y generar espacios de interacción respetuosa dirigida tanto a mujeres como a hombres. En este proceso, hemos constatado que, si bien una gran parte de quienes interactúan con nosotras en redes son conscientes de la magnitud de la violencia contra mujeres, también hay una gran incomprensión de sus particularidades y de las exigencias de los movimientos feministas. Por ello, sabemos que tenemos un gran camino por recorrer para generar cuestionamientos, aclarar detalles sobre la violencia que sufrimos a diario las mujeres y por qué esto no es “una violencia más”, sino una con características muy peculiares enmarcadas en un contexto de machismo, subordinación, objetivación, misoginia e impunidad generalizadas.

Para nosotras, marchar este 8M sella parte de este proceso de reflexión y compromiso profundo para que podamos vivir en un país donde ser mujer no tenga que ser una condena a la violencia, al abuso ni a la denigración. Lo hacemos por los nombres de víctimas que conocemos, por las miles de mujeres anónimas que han sido víctimas de feminicidio, de abusos sexuales, y de toda la gama de violencias específicas que enfrentamos a diario. Lo hacemos también por nosotras mismas, por nuestras madres, hermanas y por las hijas que ya están o que vendrán. En esta entrega refrendamos nuestro compromiso, como mujeres, como defensoras, y como comunicadoras de derechos humanos, de continuar trabajando desde nuestra área para dar a conocer las múltiples violencias contra mujeres, para invitar a la reflexión acerca de ellas, y para detonar procesos de toma de conciencia y activación que nos encaucen a todas, y a todos, en la búsqueda de relaciones equitativas, respetuosas y sanas; para que algún día no muy lejano podamos vivir libres, tranquilas y en la plena integridad de nuestros cuerpos y mentes.

Cerramos esta entrega con la voz de las hermanas González Pérez:

“… El gobierno me ha tenido enferma todos estos años y a estas alturas ya me debe la vida que me ha ido negando poco a poco al negar mi existencia y mi palabra…”.